Castilla y León

La aparición de las primeras bodegas tradicionales se remonta al tiempo de la reconquista, durante la repoblación de la meseta castellana, fenómeno especialmente observable a lo largo de la Ribera del Duero. Eran construcciones excavadas debajo de las casas, con una doble función; de almacenamiento y conservación de alimentos y la de defensa ante posibles ataques. En la Edad Media la población estaba más asentada, con núcleos de población que crecían alrededor de los castillos, dedicados a la defensa, y los monasterios impulsaron la ampliación del viñedo. Compitiendo con el cereal, la superficie de viñedo va creciendo, al mismo tiempo que el vino entra a formar parte de la dieta diaria. La construcción de un número creciente de bodegas familiares duró desde la Edad Media hasta principios del siglo XX.



La función era la misma para todas las bodegas; elaborar y/o almacenar vino y un lugar de encuentro para reuniones sociales. Las uvas procedían de majuelos familiares, transmitidos muchas veces de padres a hijos. Durante la vendimia, las uvas eran transportadas hasta los lagares, generalmente comunes, de uso para todo el pueblo, repartidos por el municipio. El mosto o el vino a medio hacer se trasladaba en pellejos y odres a las bodegas, donde acababa la fermentación y se almacenaba. Las bodegas son profundas, entre 6 y 8 metros, pudiendo llegar a los 12 metros. Son construcciones humildes, muchas veces talladas en roca viva, realizadas por los propietarios, ocupando bajo tierra la superficie edificada en el exterior.

La expansión del viñedo trajo más uva, y con ello la necesidad de más espacios para su elaboración. La superficie dedicada a la plantación de uva alcanzó su mayor apogeo en 1889, con algo más de 290.000 hectáreas (a día de hoy no llegan a 80.000). Por un lado se ampliaron las bodegas subterráneas ya existentes, extendiéndose más que la superficie de la propiedad, juntándose con las de los vecinos, dando lugar a un laberíntico sistema de túneles. En algunas ocasiones, como en Aranda o Lerma, daba lugar a verdaderas ciudades subterráneas, que en muchas ocasiones sirvieron de refugio ante agresiones externas.